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20 Febrero 2026
Actualmente, más de la mitad de los países del mundo registra tasas de fertilidad por debajo del reemplazo.
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Hace algunas semanas se conocieron los resultados y proyecciones del Censo 2024. Más allá de confirmar que en Chile somos algo más de 20 millones de habitantes, lo relevante es la trayectoria. El crecimiento poblacional promedio en la próxima década sería cercano a 0,3% anual, muy por debajo del 1,1% de la década pasada y, posteriormente, comenzaría una inédita disminución absoluta de la población.
La tasa global de fecundidad (número de hijos por mujer) se ubica bajo uno, lejos del nivel de reemplazo generacional (algo superior a 2). En términos generacionales, las nuevas cohortes serán sustancialmente más pequeñas que las actuales. Es decir, si hoy un adolescente de 14 años forma parte de un universo cercano a 3,3 millones de niños y jóvenes, dentro de 14 años un niño que hoy nace pertenecerá a una cohorte cercana a 1,8 millones, una reducción del orden de 45%.
En contraste, el envejecimiento avanzará con rapidez. Las personas sobre 65 años aumentarían en 1,8 millones hacia 2040 (más de 60% respecto del nivel actual) y los mayores de 90 años más que se duplicarían. La población entre 15 y 64 años se mantendría relativamente estable.
Este fenómeno no es exclusivo de Chile ni de economías desarrolladas o culturas similares. Actualmente, más de la mitad de los países del mundo registra tasas de fertilidad por debajo del reemplazo. Se trata de un cambio estructural global, sin precedentes históricos por su magnitud y velocidad, y difícil de revertir.
Sus efectos serán profundos y muchos son difíciles de imaginar. Por un lado, una menor presión demográfica podría facilitar la sostenibilidad de recursos naturales e infraestructura y vivienda. Por otro, desde el punto de vista de crecimiento económico, el estancamiento o caída de la población en edad de trabajar introduce una restricción estructural al crecimiento del PIB potencial. Es cierto que el bienestar se mide mejor en términos per cápita, pero la sostenibilidad fiscal, la capacidad de financiar pensiones, salud o el servicio de la deuda dependen del tamaño total de la economía. Y aquí surge uno de los principales desafíos.
Las proyecciones fiscales muestran que el envejecimiento tensionará el gasto público. De acuerdo con estimaciones oficiales, el gasto en salud podría duplicar su peso relativo en el PIB hacia 2050, mientras que pensiones y PGU también aumentarían de forma significativa. En contraste, el gasto en educación tendería a estabilizarse por razones demográficas.
El giro demográfico constituye, por tanto, un shock estructural que exige atención y adaptación. En un contexto de menor crecimiento poblacional, el dinamismo deberá provenir más del valor que del volumen: productividad, capital y tecnología deberán compensar la menor expansión de la fuerza laboral. La automatización y la inteligencia artificial pueden desempeñar un rol relevante, así como la retención de talento senior y una mayor participación laboral.
Al mismo tiempo, surgirán nuevos mercados, vivienda adaptada, servicios de salud especializados y la denominada “economía plateada”, mientras otros tenderán a reducirse. Las políticas públicas, las empresas y las universidades deben incorporar este cambio estructural al diseñar soluciones para el presente con mirada de largo plazo. La transición demográfica no es un escenario hipotético: ya está en curso. ¿Cómo nos estamos preparando?
Publicado en Diario Financiero.
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