9 de marzo de 2020

With a little help from my friends…

Los riesgos de una desaceleración abrupta y una menor inflación a mediano plazo parecen dominar la balanza, lo que daría cierto espacio al instituto emisor para mover su política. Pero la decisión no es fácil.

Escrito por:

Claudio Soto

Economista jefe Banco Santander.

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El recorte extraordinario de la tasa por parte de la Fed la semana pasada significó un tímido alivio para los mercados, después de las fuertes caídas observadas desde fines de febrero debido a la propagación del coronavirus a nivel global.

Hasta ahora, la actividad en China ha sido la más resentida por el brote de esta enfermedad. Los PMI de enero mostraron una inédita contracción -incluso superior a la observada en la crisis financiera- y las proyecciones de crecimiento de ese país se han ajustado fuertemente a la baja. Pero lo que reflejan los mercados estos días es una preocupación que va mucho más allá.

Aun cuando el contagio de la enfermedad ha tendido a disminuir en el gigante asiático, la propagación a otros países ha generado alarma. Es posible prever que, con lo sucedido hasta ahora, la expansión global se resentirá de manera relevante. La disrupción de la producción manufacturera china ya ha afectado las cadenas globales de valor, transmitiéndose gradualmente a otras economías.

Además, las medidas para contener la propagación del virus en los nuevos países donde ha llegado incidirán en el normal funcionamiento de una serie de actividades, con sus respectivas repercusiones económicas. Por último, los movimientos de los mercados financieros, con caídas bursátiles muy significativas (el Dow Jones retrocedió más de 10% la última semana de febrero), tienen el potencial de amplificar los efectos sobre la economía real.

Es en este contexto donde la acción del banco central norteamericano resulta particularmente relevante, pues con su recorte de tasa es posible que haya evitado un desplome aún mayor en los precios de los activos. Después de la decisión de la Fed, otras autoridades monetarias del mundo han hecho lo propio o bien han dado señales de su disposición a entregar un mayor estímulo. Con todo, la situación sigue siendo muy preocupante y la volatilidad se mantiene muy elevada. De hecho, el índice VIX sobrepasó los 47, su mayor cifra desde 2011.

Después del movimiento de la Reserva Federal, las tasas de mercado en Chile se ajustaron fuertemente a la baja, anticipando que nuestro banco central también recortaría la TPM hasta en 50 puntos base en los próximos meses.

Sin duda, la economía chilena enfrenta un escenario muy complejo. Al impacto de la mayor incertidumbre política, se suman ahora los efectos del virus. Si hasta hace algunas semanas, el sector externo de nuestra economía aparecía como el posible motor del crecimiento, la desaceleración global que se avecina hará que eso no ocurra. Además, el hecho de que la enfermedad haya llegado a nuestro país también generará impactos.

En este escenario, y a pesar de la depreciación de la moneda y de la sorpresa del IPC de febrero, la inflación no debiese constituir un problema a mediano plazo. Sin embargo, enfrentamos una situación de alta incertidumbre financiera y persiste la preocupación respecto de los ruidos derivados del clima interno, lo que podría inhibir una acción del Central. Sumando y restando, los riesgos de una desaceleración abrupta y una menor inflación a mediano plazo parecen dominar la balanza, lo que daría cierto espacio al instituto emisor para mover su política. Pero la decisión no es fácil.