30 de enero de 2020

Confianza y crecimiento

La disrupción del orden público tras el estallido social tuvo un impacto muy significativo en la actividad en el corto plazo, tal como se observó en los dos últimos Imacec.  El desempleo, que se esperaba subiera con fuerza, sorprendió con un leve descenso estacional en noviembre. Los datos de la Dirección del Trabajo sobre cartas de despido nos alertan que éste podría subir de manera más intensa, pero en una magnitud menor que la que se temía inicialmente, por lo menos en el corto plazo.

Escrito por:

Claudio Soto

Economista jefe Banco Santander.

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La disrupción del orden público tras el estallido social tuvo un impacto muy significativo en la actividad en el corto plazo, tal como se observó en los dos últimos Imacec.  El desempleo, que se esperaba subiera con fuerza, sorprendió con un leve descenso estacional en noviembre. Los datos de la Dirección del Trabajo sobre cartas de despido nos alertan que éste podría subir de manera más intensa, pero en una magnitud menor que la que se temía inicialmente, por lo menos en el corto plazo.

Hacia delante, una serie de elementos impulsarán el crecimiento en direcciones opuestas. Si bien la situación ha mejorado paulatinamente y se observa una recuperación parcial en la actividad, los  indicadores de confianza se desplomaron hasta mínimos históricos. Además, el proceso por el posible cambio constitucional implica elevados grados de incertidumbre, que se irán despejando a medida que algunos hitos se vayan cumpliendo. Por lo pronto, la reforma a la constitución que habilita dicho proceso ya estableció un cierto marco, acotando el trabajo de una eventual convención que la redacte y reafirmando el cuórum de los 2/3.

Aunque los grandes proyectos que impulsaron la inversión el año pasado debiesen seguir avanzando, la caída en la confianza y la incertidumbre por el proceso político tendrán un impacto. ¿Cuánto? Aún es difícil de cuantificar. Hasta ahora, los ingresos de proyectos a evaluación ambiental no muestran un deterioro y más bien tendieron a repuntar en los dos últimos meses. También es posible que se resienta el consumo, tanto por la incertidumbre como por un crecimiento más lento en el empleo, pero eso dependerá de la evolución general de la economía.

Por otro lado, el Gobierno ha comprometido una agenda social con un mayor gasto público y un paquete de reactivación fiscal. A eso se suma el estímulo de la política monetaria, después de las rebajas de tasas del año pasado. Asimismo, en las últimas semanas, el escenario externo ha mutado. La fase uno del acuerdo entre China y Estados Unidos -que involucraría reducir algunos aranceles gradualmente- debiese firmarse estos días. Los mercados globales han reaccionado favorablemente y los temores respecto de una posible recesión en EE.UU. comienzan a disiparse. Las tensiones en Medio Oriente ponen una señal de alerta, pero hasta ahora no ha pasado a mayores. Con todo, el crecimiento este año será bajo, en torno a 1% según se desprende del último IPoM y de la encuesta que realiza el Banco Central a distintos economistas.

De cara al futuro, las demandas sociales presionarán el gasto público. El acuerdo tributario entre la oposición y el Gobierno permitirá allegar más recursos al Estado, pero puede que eso no sea suficiente, por lo que las cuentas fiscales sufrirán un deterioro. De hecho, para el próximo año se estima que el déficit público superará el 4,5% del PIB, su mayor registro en más de 40 años. Dado su punto de partida, la situación fiscal se mantendrá solvente, pero se ubicará bastante por sobre 30% del PIB a fin de año, y seguirá trepando rápidamente.

Uno de los desafíos más importantes será cómo generar las condiciones para retomar una senda de crecimiento más robusto. Esto permitirá allegar más recursos al Estado y generar los empleos de calidad que la gente demanda. Para ello, restablecer las confianzas será elemento central. Eso será una tarea de largo aliento, no exenta de dificultades.